Por miles podía contar las minúsculas descargas eléctricas que se expandían desde mi nuca hasta la punta de los dedos de mis pies. Rápidamente recorrían la espina dorsal hasta llegar a la altura del estómago, y desde allí explotaban, repartiéndose por las extremidades de mi -ahora tan sensible- cuerpo. No podía ser sino una breve pero intensa alucinación -quién sabe si por esos años de tonteo- en la que tú volvías a aparecer otra vez, aquella de quien me escondo. Nos encontramos perfectamente simétricos, tanto que pareces mi imagen reflejada en un espejo. Pronto encontramos nuestras miradas. Estaba tan tranquilo aquí sentado... y ahora el Destino nos enmaraña, y te evoca justo a mi lado, a mi diestra. Pareces tan sorprendida o asustada como yo, aunque yo empiezo a acostumbrame a este tipo de alucinaciones. Como era obvio, todo lo que no somos tú y yo está sumido en la oscuridad. Neutra, pero helada conforme nos envuelve. Porque yo apenas soy consciente de mi cuerpo (por ahora), pero tú pareces muerta de frío, del color que tendría tu rostro si se viera reflejado en el hielo. Hasta podría trazar mentalmente la forma del aire que exhalas. Sólo se salvan tus mejillas y tus ojos.
Existe una sensación que no tiene nombre. La sientes justo antes de saber si estás tocando hierro incandescente, o algo capaz de congelar los siete océanos. No llega a ser dolor, sí un flash previo a él. Por tu aspecto, intuyo que será de frío. La siento justo cuando nuestros antebrazos entran en contacto. Entonces, ni frío ni calor, otra descarga eléctrica. Empiezo a sentirme como un reo, tan inmóvil, y tan a expensas de ti. Entonces, la realidad se desdobla. En un camino, descanso la palma de mi mano sobre el dorso de la tuya. Otro es parecido a éste, salvo que nuestros dedos se entrelazan. En otro, siento esa fuerza genérica que todo el mundo siente justo detrás de la cabeza cuando se pregunta si la persona que comparte el escaso aire que les une durante diez centímetros también la está sintiendo. Pero no llego a besarte. En el siguiente desdoble, sí. Y éste se desdobla en otros mil, pero la forma en que siento tus labios en cada uno de ellos no tiene palabras. Su naturaleza se escapa de mi comprensión, pero es de un ligero color rojo grisáceo, como tus mejillas. En algunas de esas realidades nos detenemos en ese instante momento, como extenuados. O como excusa condescendiente para no romper el beso. En otras tantas, queremos más, pero no quiero perderme describiéndolo. Todas esas realidades son aquellas pequeñas descargas, que explotaron en lo más profundo de mi traicionero subconsciente, con sede en las dependencias traseras del cuello, y se expandieron -se desdoblaron- por todo mi cuerpo, en lo que dura este golpe de pestaña. Empezó siendo una, después dos, luego millones. En todas esas realidades infinitas y paralelas, acabamos siendo sólo tu y yo. Pero -oh trágico destino, oh capitán mi capitán, O Romeo Romeo Whyfore art thou Romeo- todas esas descargas acaban disipándose cuando llegan a mis extremidades. En el caso de nuestras realidades, todas acaban estrellándose contra una única realidad: la de verdad.
En ese momento, puedo oirle cantar, como en una de esas radios antiguas:
Ridi, Pagliaccio, sul tuo amore infranto,
ridi del duol che t'avvelena il cor!


¡Ríe, Payaso, de tu amor destrozado!
¡Ríe del dolor que envenena tu corazón!
Éso es lo que significan las dos últimas líneas del texto, para los que me han preguntado al respecto. Forman parte de la ópera "I Pagliacci" de Ruggero Leoncavallo (1858-1919), una obra pseudotrágica de amor, celos y muerte.
qué grande. estaba buscando la letra del "ridi, plagiaccio" en el google y plaf.
buen gusto :)
Te felicito por tu pagina y dejame decirte que me siento completamente identificado.. además la opera Ridi Plagiaccio me parece haberla vivido...
..que bueno saber que habemos más en este mundo.
Bye
Muchas gracias, Victor y Joana :)