Varios días atrás pude sentirlo al cerrar los ojos, pero no quería dejarme llevar por la emoción. Preferí esperar. Hoy lo reconocí al volver a casa de madrugada, cuando se enfrentaba a mi rostro con aire gélido, oscuridad, y un profundo silencio. La estación en que nací, la que ha sido testigo de mis grandes tragedias, y aun así la que más fuerza me da. Aunque esta vez también trae recuerdos. Demasiados. Y todavía es pronto para saber si la balanza está equilibrada; sólo espero no sucumbir ante el peso del recuerdo.
Sus memorias eran las más dulces, pero se perdieron. Ella, que también es de Otoño, las ocupó todas. A partir de entonces fue una estación nueva, más melancólica, en la que sólo había felicidad. Ahora vuelvo a experimentar su aire frío sobre mi cara y puedo volver a escuchar su lluvia desde mi coche, pero todo ello es diferente. Vuelve a ser nuevo. Sí, me vuelve a dar fuerza. Pero por añadudira me castiga con el recuerdo. Maldigo no haber hecho nada más en la vida, porque todo el campo de la memoria lo ocupa ella -y si he hecho otras cosas, ella ocupó también su espacio-. Ahora me siento felizmente atrofiado, como los maniquíes que tantas pesadillas me inspiraban de pequeño. Guardando un cofre vacío, que antaño rebosaba.
El otoño, que antes era sólo mío, lo comparto ahora con un fantasma. No se va. Lo he intentado echar con todo cuanto he tenido, y con todo cuanto me han ofrecido. Felizmente paseando de madrugada, sientiendo el frío.