Me levanto a las 6 para coger un cercanías cargado de chicas de Magisterio, entre las cuales está mi exnovia -pero gracias al Destino todavía no he coincidido con ella- para posteriormente coger un autobús cargado de más chicas de Magisterio, entre las cuales también existe el bonus de coincidir con mi exnovia. Después curro mis seis horitas de rigor -con media hora de descanso para tomarme una cocacola- en la Cámara de Comercio de una ciudad perdida de la Alcarria, programando un portal de e-learning, o algo que se le parece. Lo único que me salva es que en esas seis horas puedo comer cuanto quiera; pues desde que empecé a ir al gimnasio y a comer como un vigoréxico no puedo estar dos horas sin llevarme algo de comida a la boca. A las 14.30 salgo corriendo a coger el mismo autobús de riesgo mientras como a toda prisa, para llegar justo a no perder el tren de las 15:04. Regreso a mi ciudad sin ley y me voy corriendo al gimnasio -a "morir bajo los fierros", como dicen los machacas del agrotechno- del cual salgo justo a tiempo para coger el autobús e irme a clase, hasta una hora sin determinar, pero que roza la nocturnidad.
Ya soy mayor. Ya soy becario.
Cuando llego a casa tengo el cerebro reblandecido y rezumando una especie de baba morada que se me pega a la yema de los dedos, y que no sale con nada, por lo que no me molesto en limpiármela. Excepto los lunes y los viernes, y algún que otro jueves, en los que tengo que quitarme ese moco alienígena como sea para no manchar a mi pareja de baile en ritmos latinos. Lo cual es irónico, porque a la salsa no es lo que más me chifla.
Cuando llego a casa está la cocina hecha un asco, mi cuarto hecho un asco, y muchas otras cosas también asquerosas. Cuando las he recogido estoy tan cansado y tan pringado de baba cósmica que no tengo ganas de escribir ni de comentar. Mil disculpas a todos.

Y ahora, unas palabras: Idiosincrasia, inherente, déspota, oblongo, contemporáneo.

Y una foto del congreso al que fuimos con credenciales falsas sólo por la comida: