Mi quiropráctico insite en considerar la impermanencia de las cosas, especialmente de aquellas que tan sutilmente construyen la base de nuestra seguridad: las que nos hacen conciliar el sueño, aquellas cuyo final jamás se nos ha pasado por la cabeza.
No me refiero a tener una visión pesimista de la vida. Simplemente, a aceptar que no hay nada permanente: desde la camilla sobre la que recoloco tus vértebras, que algún día acabará siendo chatarra en el basurero; hasta la chica que amas, que probablemente te sustituirá por el propietario de un BMW M3 que no sepa encontrarse el agujero del culo... e incluso en el caso de que se conforme con tu Seat Arosa, tendrás que considerar que tarde o temprano la Parca segará su vida. Sé consciente -y disfruta- de la impermanencia de las cosas, sin que éllo te obsesione. Acepta que, incluso siendo totalmente consciente de la caducidad que nos rodea, puede que algunas pérdidas te acarreen más sufrimiento que otras.
Entonces hizo éso que tanto detesto: sin avisar, pellizcó un trozo de carne justo donde empiezan las lumbares, y tiró con fuerza hacia arriba, y escuché mis vértebras crujir.
Es probable que cuanto más esfuerzo te haya costado obtener algo, más sufras por su pérdida. El destino obra entregándonos enreversadas y enmarañadas historias, llenas de casualidades, que rompen todo tipo de barreras y oposiciones: una oportunidad entre mil ocurre. Y vuelve a rodearse de mil posibilidades más, y vuelve a salir. Así tres, cuatro y hasta cinco veces más. Y te paras a pensar en cuánto se ha esforzado el destino en unirte a una persona, o a un trabajo, o a un coche de más de 150 cv.; y aceptas el regalo de muy buena gana. Ahora empieza a considerar cada criba que el destino ha salvado como un multiplicador de daño. X2. X3. X4. X5. Lo que el destino te ha regalado, la naturaleza impermanente de las cosas te lo arrebatará, con un bonus al daño considerable. ¿He dicho daño? Lección. Una lección con un bonus X5. Ya empiezas a moverte en otro nivel de consciencia. ¿No crees?
Entonces hizo una pausa para pegar un trago al ron de la petaca guardada en su impoluta bata de respetable doctor, y siguió colocándome vértebras. Y la historia tuvo un final trágico e inesperado, como en Los caballeros de la mesa cuadrada. No sé. Impactó un rayo sobre él, y sus restos se esparcieron por varios kilómetros a la redonda. Y el dinero recaudado fue destinado a balones de Nivea para los del Imserso, por ejemplo.


Impermanencia... graaaarrrrrgg!! Sus muertos.
Me vencerá, sí. Al fin y al cabo, ella es una barrera ontológica y yo un pequeñajo pelón. Pero caeré con las botas puestas.
Mi quiropráctico elogiaría tu aceptación de la ineludible victoria de la impermanencia. Pero como ya dije, todavía hay docenas de personas buscando sus trozos, que se esparcieron chamuscados por varios cientos de metros a la redonda; como cuando se cae una bolsa de canicas en las películas, así en plan dramático, a cámara lenta, bajo la mirada absorta de un crío.
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