Yo pertenecía a la guardia de Stalin. Estoy en mitad de una batalla, éso es seguro, pues estoy aterrado y resguardándome del enemigo tras una pared de ladrillos medio derruída, muy bajo. Tan bajo que sólo puedo apoyar media espalda en él; el resto de mi cuerpo queda en contacto con piedras afiladas, cascotes y demás debris del suelo. Sólo soy consciente de este lugar: antes debía ser una habitación, puesto que las paredes delimitan una estancia rectangular y no muy espaciosa. También soy consciente de dos compañeros más: uno está en cuclillas resguardándose en la porción perpendicuilar de pared de mi derecha, y el otro está cuerpo a tierra en el centro de la habitación, apuntando a algo. No soy consciente del cielo, ni de qué o quién hay detrás de mi muro.
Estoy con el cuerpo ligeramente inclinado hacia la zona del muro más baja, por donde habremos de disparar o salir corriendo. Estoy esperando algo, pero nadie hace nada.
Por esa misma zona, cae volando una granada.
Miro al compañero en cuclillas, que me mira con expresión de horror. No puedo ver la cara del compañero que está en el suelo, pero sé que apenas dista unos centímetros de la granada. Estoy inmóvil.
Nadie dice nada.
La granada ha explotado, pero se prolonga el silencio que existía antes de que detonase. Estoy muy tranquilo. Todo está borroso, y noto que todo el calor de mi cuerpo empieza a juntarse en el centro, provocando una sensación de hormigueo conforme avanza por mis extremidades, y empiezo a flotar hacia arriba, contemplando la habitación por última vez.
Estoy sentado en mi cama, empapado en sudor.