Eran las 8:30 de la mañana, y el bus estaba hasta arriba de gente. Se me sientan dos costrosos al lado.
–Ayyy el payo que patillazas tiene –dice mientras me pone la mano en el muslo, y a continuación empieza a decirme cosas ininteligibles–. Oye, no tendrás un cigarro, ¿no?
Cuando dos costrosos te dicen algo así, ya sabes cómo va a acabar la cosa, y es obligado pensar un poco cómo encauzar la cosa sin usar mucha violencia. Pero no está de más visualizar mentalmente su garganta, porque dada la posición de ambos un codazo bien dado podría ser letal, y podría desembarazarme del otro costra sin muchos problemas (a menos que realmente tuviera ese puñalón del que me hablaría más adelante).
–No, no tengo un cigarro
No parece enterarse mucho, porque después de dos minutos riendose solo...
–Oye, ¿no tendrás un cigarrito no? –y esta vez me quedo mirándole, y veo que tiene la comisura de los labios llena de babas y costras. Pienso en la hora que es (las ocho de la mañana) y veo que no tengo muchas ganas de pegar a nadie. A continuación siguió con los típicos temas de costroso: que soy su amigo, que me conoce de no sé qué, que si menudas patillas tengo, etc.
–Sácate todo lo que tengas... ¡que no hombre, que es broma! –y pese a que no debía haberlo hecho, porque los espitosos son muy imprevisibes, empiezo a reirme ligeramente, lo cual no le hizo gracia al otro amigo.
–Ayyy me cago en tu puta raza, payo, que sé que tienes porros y te los voy a volcar, y voy a sacar un puñalón y te voy a matar –grita, y el otro costroso (que hacía de poli bueno) se le encara. –¡Ayyy deja a mi amigo!
A continuación empiezan a discutir, no sé de qué, porque no se les entendía nada. Llego a mi parada, y me bajo, no sin antes notar una mano en el bolsillo.
–¿Ya te vas, payo? –dice el de las babas con mi móvil en la mano. Se lo quito de malas maneras, y le vuelvo a sentar de un empujón mientras blasfemo contra dios, cosa que no hace nada de gracia al otro, que era el que debía ir de espiz. Me bajo del bus, y en el cristal de atrás pude ver al espitoso, en efecto, haciéndome gestos con la navajilla.
Estratégicamente, quizá debería haberme concentrado más en el espitoso, que era el que iba armado. El de las babas era más accesible, pero ponte a que no atino bien y no le doy en la tráquea: en ese lapso de tiempo el espitoso me podría haber acuchillado. Si la cosa se hubiera puesto peliaguda y me hubiera enzarzado con el espitoso nadie me hubiera asegurado que el de las babas no fuera armado, y casi prefiero que un espitoso me haga un siete en el muslo a que un costra me saque una jeringa. Eran dos tirillas, pero nunca se sabe, quizá sea por el hambre o quizá por el jaco.
Hacía años que no discutía con costrosos. Hoy, a diferencia de la última vez, he sentido bastante desprecio por su vida, y me ha sorprendido lo poco que me ha importado la posibilidad de acabar cosido a navajazos. ¿Hasta qué punto se puede ayudar a una persona así? Me ha dado la impresión de que (éstos en concreto) no son muy dados a entender palabras, sino más bien hostias. Y si, poniéndonos en un caso extremo, hubiera tenido que ponerme más violento y a alguno le hubiera pasado algo, no me gustaría verme como el hombre este que ha salido últimamente en los periódicos, que daba la impresión de que querían empaquetarle por matar a uno que asaltó su casa en defensa propia. Por otro lado, en Estados Unidos, un crío puede ir al mercadona (o su equivalente), comprar una pipa y volarte la cabeza. Y en Francia ya amenazan con hacer llover fuego nuclear sobre cualquier país. Una purga a nivel mundial es imprescindible. Necesitamos una hecatombe nuclear, para empezar desde cero.
PD.: Costroso no es un eufemismo. Costrosos hay en todos lados, da igual que sean españoles, rumanos, gordos, calvos o con un parche en el ojo.