Soñé que andaba por mitad de un bosque no muy denso, pero anaranjado. Hacía calor. Conmigo iban mi mujer (?) y mi hijo (???). No sabría ubicar el lugar, pero sí el momento: cientos de años atrás. ¿El medievo?
Mi mujer parecía molesta.
–¡Nos has traído por el camino más inhóspito de toda Castilla!
–Hay árboles –dije yo–, al menos estaremos seguros.
Hacia el noroeste de nuestra posición actual, se levantaba una aldea con una empalizada bastante humilde –adjetivo aplicable a todos los elementos del sueño–. Algunas de sus chozas habían sido quemadas y no parecía habitar alma alguna en ellas, y eso me hizo pensar que la aldea estaba abandonada. Pero no. Di unos pasos más y ya pude ver personas.
Ahí terminó el sueño, pero me desperté con una sensación abrumadora de miseria. Aunque no hubo ningún suceso que lo desatase, pude compartirla. Miseria. Hambre. Resignación frente al hecho de que en cualquier momento podían matar a mis seres queridos: bien una enfermedad, o bien por un trozo de comida que llevarse a la boca. Pero a la vez, la resignación me hacía sentir más consciente de que cada persona que me importaba seguía el camino de la vida en solitario, y poco podría hacer yo para modificarlo: vendrían solos al mundo, y solos se irían de él. Desconfianza. Inseguridad. Sobre todo inseguridad; nada que ver con estar escribiéndolo sentado en mi habitación, mientras espero a que termine de hervirse el arroz. Suelo desayunar o merendar ollas de arroz, pese a las arcadas mentales que presiento a mi alrededor.


Debe ser el arroz lo que provoca la inseguridad y la resignación.
Por cierto, me mata que me cuenten una historia y no me la acaben como es debido. Para el próximo sueño te aconsejo incluir una persecución a caballo, un par de asesinatos por alguna traición misteriosa y una explícita escena de sexo. Si no es mucho pedir, claro.
Tengo hambre...
Mata también despertarse y no poder averiguar cómo hubiera continuado el sueño, o quién era esa persona que figuraba como mi mujer. Para aplacar nuestra aflicción continuaré la historia con el sueño que he tenido hoy:
Apoyaba yo un pie contra la pared de un portal mientras tiraba un porro -aunque hace muchos meses que no fumo- al suelo, guiado por mi intuición escorpiónica. Justo después, aparece un furgón de la policía, y el amigo que estaba hablando conmigo sale por patas. Se bajan un par de maderos que gritan: ¡Un rapao! ¡A por él!
La siguiente escena es: Yo en el suelo, bocabajo, esposado, y recibiendo patadas en los costados. Me he despertado como con dolor.
El sexo de la historia va implícito en las duras y largas porras de la policía.
Espero haberte dejado satisfecho. Hoy me he traído al curro dos sandwiches, para desayunar; y compartiré uno contigo encantado.
Casi satisfecho. Ha faltado la persecución a caballo.
Ya decía yo que no había pedido un sandwich esta mañana. Por cierto, gracias, estaba rico. Ahora tendré que pedir disculpas a la mensajera de 19 años que enviaste. Muchas gracias, por cierto, estaba riquísima.
Menos mal que tus sueños son interesantes, que a la gente le da por contarlos y uno, por no ser maleducado, tiene que permanecer atento al techo.