Soñé que andaba por mitad de un bosque no muy denso, pero anaranjado. Hacía calor. Conmigo iban mi mujer (?) y mi hijo (???). No sabría ubicar el lugar, pero sí el momento: cientos de años atrás. ¿El medievo?
Mi mujer parecía molesta.
–¡Nos has traído por el camino más inhóspito de toda Castilla!
–Hay árboles –dije yo–, al menos estaremos seguros.
Hacia el noroeste de nuestra posición actual, se levantaba una aldea con una empalizada bastante humilde –adjetivo aplicable a todos los elementos del sueño–. Algunas de sus chozas habían sido quemadas y no parecía habitar alma alguna en ellas, y eso me hizo pensar que la aldea estaba abandonada. Pero no. Di unos pasos más y ya pude ver personas.
Ahí terminó el sueño, pero me desperté con una sensación abrumadora de miseria. Aunque no hubo ningún suceso que lo desatase, pude compartirla. Miseria. Hambre. Resignación frente al hecho de que en cualquier momento podían matar a mis seres queridos: bien una enfermedad, o bien por un trozo de comida que llevarse a la boca. Pero a la vez, la resignación me hacía sentir más consciente de que cada persona que me importaba seguía el camino de la vida en solitario, y poco podría hacer yo para modificarlo: vendrían solos al mundo, y solos se irían de él. Desconfianza. Inseguridad. Sobre todo inseguridad; nada que ver con estar escribiéndolo sentado en mi habitación, mientras espero a que termine de hervirse el arroz. Suelo desayunar o merendar ollas de arroz, pese a las arcadas mentales que presiento a mi alrededor.