Capítulo primero y último. Enmendado hasta el desgaste: toneladas de párrafos tiradas a la basura. Pido perdón a los árboles electrónicos, pero seguro que ahora es más fácil de leer.
Aún no me he repuesto de la última noche, reza el programa de radio que escucho ahora; a las dos y dieciocho minutos de la madrugada del sábado al domingo, de este 29 de enero de 2006. Música electrónica, triste y repetitiva. Repetitiva, ergo susceptible de ser digna de confianza.
Aún no me he repuesto de la última crisis de fé en el género humano. Así deberían titularse tanto el programa de radio como el manual de supervivencia, pues ahí va implícita la lección del primer y último capítulo. Es jodido no poder confiar en nadie y a la vez morirse de ganas por confiar en alguien. Debería arrojarme cacahuetes a la cabeza y bailar algún tipo de danza regional por malgastar energía en semejante disyuntiva, o simplemente por usar la palabra disyuntiva. Pero es lo que hay. No creo en el género humano, y llevo varios minutos leyendo las definiciones de asocial y antisocial. Y nada. Puede que la gente haya descubierto esto hace mucho, y simplemente no ofrezca resistencia ante este aspecto de la naturaleza humana. No hay que entenderlo como resignación, sino como aceptación. Me dan ganas de llorar, de verdad, pero es que me estoy volviendo inútil. Y por inútil ha de entenderse condescendiente. No confío en nadie. Lo triste no es eso. Lo triste es que me siga sorprendiendo a estas alturas, cuando pensé que ya lo tenía asumido. Será un bajón. Los biorritmos, que diría un amigo (de mis últimos estandartes de fé en el género humano).
No confío en nadie. Tengo los bolsillos llenos de su mierda, y se la puedo arrojar a la cara para hacerles ver lo desperdicio humano que son. Y no se inmutan. No debería inmutarme yo tampoco.
Por mí no te preocupes, lector o lectora, pues soy megalómano. Y como tal, soy una especie de deidad antropomórfica, con manos que disparan rayos, una túnica blanca que cubre un tótem fálico sagrado de proporciones mastodónticas, y un aliento gélido y mentolado que sería capaz de congelarte la sangre. Vamos, que soy perfecto. Pero, ¿acaso tú no lo eres en tu punto de vista, en el que yo sería el desperdicio humano al que arrojarías sus propias deposiciones?
Nos precipitamos hacia el armagedón, Jerry. No sé si estoy congelado de frío, o algo borracho, o borracho y congelado, o empiezo a enamorarme, o no debí comerme esa lasaña que venía abierta antes de montarme en tu atracción de feria. Quiero creer. Normalmente no escribiría tanto. Me siento como Raoul Duke en Miedo y asco en Las Vegas. O al menos este infumable tostón sería propio de su versatilidad periodística.