Si hay algo que me dé ganas de alzar el puño y agitarlo con vehemencia mientras blasfemo, es dejarme encendido el —hablando cual gafapasta— software de mensajería instantánea. Luego me despierto a las 13 horas y 52 minutos de este 11 de marzo del año de Nuestro Señor 2006, y veo seis ventanas parpadeantes. Y una de ellas es la puerta a la salvación diaria, una pastilla de felicidad con forma de rombo biselado, de un suave color pastel —azul o rosa, indistintamente—. Y hoy no me ha le podido tomar, porque soy un despistado y mientras me la ofrecía una dulce y delicada mano —una de esas que te da ganas de morder— yo estaba soñando a escaso metro y medio. Irónicamente, con ella.
Espero sobrevivir hasta mi próxima dosis sin desarrollar nuevas extremidades con tejido entre dedo y dedo, como las ranas; o que me salgan pinchos en las vértebras. Síntomas inequívocos de que se echa mucho de menos a alguien.
¿Qué clase de mañana es ésta? Con un cielo alcalaíno tal que así...

Me pregunto cómo será el tuyo.

Ich liebe dich...