Creo que ya he escrito unas cinco o seis veces sobre esto. La verdad, no me acuerdo. Ayer estaba disgustado con esta sociedad porque una vieja no quiso vendernos un minino -a mi atmita y a mí- por ser extranjeros. Que jodan a esa vaca holandesa. Con la de cosas buenas que hay aquí...

Puntos a favor de vivir en Amsterdam:

Supremacía de la bicicleta. Poder ir en bicicleta a cualquier punto de la ciudad -especialmente al trabajo- en un máximo de veinte minutos no tiene precio. Las calles tienen vía para bicicletas bien señalizada, y en las que ésta no existe -por ser muy estrechas, por ejemplo- se respeta religiosamente el espacio para el ciclista. Al ser una ciudad totalmente llana no hay que gozar de unos cuádriceps muy poderosos para aguantar todo el día pedaleando.
Todo está a la vuelta de la esquina: Tiendas, supermercados, bares -y zonas de salir en general-, médicos, fábricas de azúcar, el trabajo, la parada del tranvía, la del autobús, bancos, comisarías, despacho de prensa, de tabaco, de droga. Intuyo que volver a una gran ciudad después de pasar un largo tiempo aquí debe ser traumático.
Una ciudad bella: Es sencillamente preciosa. Edificios bajos -suelen ser de tres pisos- y muy antiguos, muy bien cuidados. Canales por todas partes (¿quién necesita irse a Venecia para caerse al agua estando borracho?). Calles repletas de tiendas y, según el barrio, galerías absurdas de arte. Si ves fotografías de hace cien años lo único que ha cambiado es la forma de vestir de la gente. Siéntente cada día como en mitad de la Segunda Guerra Mundial. Escóndete de policías nazis imaginarios arrojándote al agua y nadando a gran velocidad.
Una ciudad tranquila: No hay humo, ni grandes atascos, ni trompetas del día del juicio final, ni obras a diestro y siniestro. Se respira seguridad paranoica con una pareja de policía en cada esquina y una videocámara en cada tienda.
Pureza racial: La gente rubia me resulta enfermiza, y siempre me ha dado la impresión de que no huele muy bien; pero si te gusta, aquí encontrarás estereotipos nórdicos a patadas. Cuidado con los indios.


Puntos en contra:

Caos burocrático: leyes que cambian de un día para otro, o incluso varias veces en el mismo día. Para cualquier proceso -especialmente para abrirse una cuenta de banco-, los requisitos varían según lugar, estado meteorológico y covarianza generalizada del estupor matutino de los empleados públicos, que nos conduce a:
Empleados públicos incompetentes: Vas a echar de menos a los funcionaros españoles. Quizá nunca pilles a los de aquí echándose un mus o destrozándote el tabique nasal de un ventanillazo porque es su hora de hincar bocadillo, pero te aseguro que vas a sufrir los estragos de esa especie de nube verdosa de confusión, dejadez y olvido que les rodea (y de la que respiran).
Xenofobia: Es la cara trasera -y la más decepcionante y compleja- de la doble cara holandesa. La población que ve con mejor ojo al turista, y al extranjero en general, es la que puede sacarle dinero. Y sólo mientras pueda hacerlo, claro; cuando ya te ha sangrado hasta el último céntimo se reconvierte en población común holandesa: la que manifiesta un enorme malestar con el extranjero y el turista basura -aquel que sólo viene a desfogarse con las drogas y el sexo- por haber convertido la ciudad en una Nueva Nueva Orleans de prostitutas ecuatorianas, ingleses gordos y borrachos, asiáticos pervertidos, y hippies con rastas fumados por las esquinas. Efectivamente es la pescadilla que se muerde la cola, porque ése es el tipo de turismo que fomenta la ciudad.